Por Jorge Ballario
publicado en Pagina12
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Ahora el hombre crea la inteligencia artificial, capaz de emular la inteligencia humana, considerada su cualidad más distintiva. En cierto sentido, es casi como haber creado un “hombre artificial”.
Pero ¿qué “hombre” están creando los dueños de las megaempresas tecnológicas? ¿Un sujeto orientado por el conocimiento? ¿Un sujeto semejante a ellos? ¿O un sujeto cada vez más dependiente de la tecnología?
La respuesta probablemente resida menos en la supuesta objetividad de la inteligencia artificial que en los intereses de quienes la desarrollan.
Para orientarnos, basta revisar algunas de las consecuencias que ya produjeron las plataformas digitales creadas por esas mismas empresas.
Hace poco, Mark Zuckerberg, fundador de Facebook (hoy Meta), enfrentó diversos procesos judiciales en Estados Unidos por los efectos de Facebook e Instagram sobre la salud mental de menores.
Las demandas sostienen que Meta incorporó deliberadamente funciones adictivas que favorecen la ansiedad, la depresión y otros problemas psicológicos en adolescentes. Por razones similares surgieron nuevas acciones judiciales impulsadas por distintos estados norteamericanos. A su vez, investigaciones de la Comisión Europea coinciden en que Facebook e Instagram presentarían un “diseño adictivo” que promueve el uso compulsivo.
En la misma línea, el documental El dilema de las redes sociales (2020), dirigido por Jeff Orlowski, expuso el costado menos visible de plataformas como Facebook, Google, Twitter e Instagram y mostró cómo utilizan conocimientos sobre la psicología humana para captar la atención, generar dependencia y favorecer la polarización social.
La película se basa principalmente en testimonios de ejecutivos, ingenieros y diseñadores de Silicon Valley que participaron en la construcción del ecosistema digital actual, como Justin Rosenstein, cocreador del botón “Me gusta”, quienes manifestaron públicamente su preocupación por las consecuencias de aquello que ayudaron a desarrollar.
Entre los conceptos que aborda se encuentran la “economía de la atención”, cuyo objetivo es mantener al usuario el mayor tiempo posible frente a la pantalla; el “capitalismo de vigilancia”, que recopila y analiza patrones de comportamiento para anticipar y orientar las decisiones del usuario; y la “modificación de conductas”, mediante la cual los algoritmos emplean estrategias de persuasión psicológica para influir sobre pensamientos, emociones y comportamientos.
De este modo, también comienza a modelarse la subjetividad. El sujeto deja de elegir únicamente desde sus propios intereses y pasa a hacerlo, en parte, guiado por algoritmos cuyo propósito principal no es su bienestar, sino maximizar el tiempo de permanencia, la interacción y la rentabilidad.
El film expone que el problema va mucho más allá de la adicción individual: escala hasta convertirse en una amenaza existencial. Sostiene, además, que el algoritmo aprende rápidamente que la indignación y las noticias falsas generan más interacción y, por lo tanto, mayores beneficios económicos que la información verificada.
De ese modo se crean “burbujas ideológicas” que reducen la capacidad de diálogo y consenso, con consecuencias que pueden extenderse incluso al funcionamiento de las democracias.
Qué podemos esperar, entonces, del perfil que impriman a la inteligencia artificial quienes ya desarrollaron tecnologías con semejante capacidad para influir sobre la conducta humana?
Si no existe una legislación que establezca límites claros, es probable que dentro de algunos años volvamos a encontrarnos intentando reparar los “platos rotos”.