Por Jorge Ballario
La expresión “su majestad el bebé”, acuñada por Freud, alude con mordaz ironía a la forma en que los padres idealizan al recién nacido. El niño se convierte en el centro del universo y es tratado como tal. La familia proyecta sobre él sus deseos, expectativas y narcisismo.
De forma paralela, la trascendencia simbólica encarna el deseo humano de inscribir su nombre y su obra en la memoria de los vivos, y de hacerlos perdurar más allá de la muerte. Esa inscripción es lo que otorga “vida” al difunto en el plano simbólico. Esta necesidad, en sí misma alienante, podría considerarse una debilidad casi universal, aunque tal vez existan individuos —probablemente anónimos— que hayan logrado emanciparse de ese mandato. Habrían trascendido esa condición tan extendida y, por ello, portarían una forma de genialidad muy original, tal vez la más pura.
Siguiendo esta línea, podríamos decir que el auténtico genio lo es porque ha logrado ir más allá de su condición y ya no necesita trascender simbólicamente como el resto de los mortales. Ha articulado su mente y su vida de otra manera. La idea de morir no lo perturba demasiado; tampoco le preocupa el olvido absoluto, que tarde o temprano alcanza a todos.
Como corolario, los verdaderos genios no generarían obras trascendentes para paliar inconscientemente la angustia de muerte, sino movidos por otro tipo de motivación. Su pensamiento profundo ha aquietado genuinamente el impulso ligado a esa angustia o al egocentrismo original de “su majestad el bebé”.
Muchos genios de la otra categoría —al igual que personas comunes— comprenden que la inmortalidad simbólica no es más que una ilusión reconfortante. Pero esta comprensión, meramente racional, no alcanza a sofocar el impulso vital de trascender la muerte. Por eso, no pueden dejar de buscar el éxito como vía para inmortalizarse. Como agravante, el exitismo contemporáneo se ha vuelto particularmente tortuoso. La competitividad para triunfar es cada vez más inhumana.
Tal vez la mayor obra de un genio auténtico sea, simplemente, su libertad.