La Capital — 04/02/18
Por Jorge Ballario
Existe hoy en el país un gobierno procapital moderado, al que tildan de “neoliberal”, y al que le dan vuelta el país apenas intenta reducir un poquito el déficit fiscal. Sería hora de que abandonemos semejante necedad, y aceptemos que casi todos los males económicos de los que habitualmente nos quejamos parten de dicho déficit ¿Haremos fracasar también a esta administración?
Veamos qué ocurrió en los últimos 70 años: desde el primer gobierno de Perón se han alternado en el poder civiles y militares; con la excepción del mandato de Frondizi, solo los peronistas culminaron sus períodos, aunque en decadencia constante y con crisis cíclicas. Tuvimos un surtido de casi todos los colores políticos, y no pudimos salir de la declinación. ¿Qué duda cabe? ¡Somos nosotros, los argentinos! Mientras el pueblo no esté dispuesto a tolerar políticas que lo alejen de la decadencia, no hay soluciones. Pareciera que para nosotros los gobiernos deberían ser como los reyes magos que nos tienen que traer regalitos: estamos enfermos de demagogia. Pero la riqueza no se puede crear mágicamente, hay que producirla. Si nos dejamos llevar por los cantos de sirena de los demagogos —ya sea para elegir gobiernos, ya sea para impedir gobernar a los no populistas—, la riqueza no se va generar. Y, sin ella, el reparto va a resultar siempre escaso. La inflación —que es como echarle más agua a la sopa para que alcance para todos— puede tomarse como una vara para medir el grado de inmadurez de los pueblos.
Según el FMI, de los diez países con más inflación en el mundo, ocho son africanos, y dos latinoamericanos: Venezuela lidera el ránking y la Argentina se ubica quinta. Aunque esto debería darnos vergüenza, casi todo lo que esta administración —o cualquier otra en el pasado— intentó hacer para reducir genuinamente el déficit —y, por ende, la inflación— fue ferozmente criticado, al punto de poner en peligro la gobernabilidad. Queremos curarnos, sí; sin embargo, no estamos dispuestos a que nos apliquen el tratamiento.
La Argentina es como un hijo de ricos venido a menos que no consigue —o no quiere— asumir su realidad actual, y sigue gastando más de lo que gana. La nuestra es una posición nostálgica y enfermiza, que no nos permite volver a crecer. Elecciones tras elecciones, vamos con el péndulo político de un extremo al otro, tratando —vía realismo mágico— que alguien nos salve, cuando en realidad sólo nosotros podemos salvarnos a nosotros mismos. Ya es hora de que los habitantes del país más psicoanalizado del globo reconozcamos nuestra decadente posición, para poder cambiarla: eligiendo gobierno, cuando corresponda, pero —sobre todo— acompañando algún proyecto de país razonable.
fuente: www.lacapital.com.ar