Por Jorge Ballerio
Para los editores de revistas sobre la farándula sus entrevistados no solo tienen que ser exitosos, sino también felices. Además, tienen que existir evidencias de su dicha. Casi siempre alcanza con mostrarlos a cada uno de ellos radiantes y contentos, en una encantadora situación de “innegable” felicidad: en la piscina de su mansión, navegando en su yate junto a su escultural amor, o de muchas otras formas venturosas.
Sin embargo, nadie puede disfrutar más de la vida por poseer poder, fama o dinero. El placer tiene el mismo punto máximo para todos, lo demás es un mito. Un hincha común puede experimentar la misma euforia frente al campeonato que acaba de conseguir su club favorito que el jugador que consiguió el gol del triunfo. La única diferencia es que la euforia del primero es anónima, y la del segundo es reproducida en las pantallas hasta el hartazgo. Pero eso no hace mayor su disfrute. Sencillamente, ambos poseen el mismo andamiaje psicobiológico para el goce. No obstante, los medios tienden a la exaltación de las características del ídolo, simplemente porque eso vende; y los telespectadores tienden a idealizar al deportista, como también a otros ricos y famosos a los que admiran.
Sin embargo, no son pocas las ocasiones en las que ciertas celebridades, a raíz de tantas experiencias gozosas que viven, comienzan a necesitar progresivamente más estímulos para vivenciar la misma alegría anterior. Debido a esto, muchas veces, los afectados caen en la adicción a drogas.