Clarín — 15/01/16
Por Jorge Ballario
Muchos electores de gobiernos populistas ni locos harían en sus vidas personales lo que contemplan por parte de sus gobernantes electos. Ni locos se animarían en sus actividades privadas a gastar mucho más de lo que ganan, y a endeudarse peligrosamente, en un símil con el déficit fiscal y con la inflación. Ni locos se atreverían a alentar entre sus hijos la holgazanería, manteniéndolos indefinidamente sin que trabajen ni estudien, lo cual nos recuerda a los planes sociales indiscriminados y generalizados de los mandatarios demagógicos.
Ni locos estarían dispuestos a lavarles el cerebro a sus hijos con la idea de enemigos imaginarios que no les permitirían realizar sus vidas, como lo hacen dichos dirigentes con sus pueblos. Ellos suelen utilizar abstracciones indefinidas, como “el sistema”, “el capitalismo”, “la élite”, “las finanzas internacionales”, u otros fantasmas. Se trata de todo tipo de expresiones que admiten ser usadas como oponentes “del pueblo”. Con ese acto, alientan la pereza mental y desalientan el propio entusiasmo vital y la creatividad, fuentes y orientadores de los triunfos personales.
Es parte del manual básico de todo populismo simplificar el pensamiento: justamente, el pensamiento analítico y crítico descubre rápidamente las estrategias populistas para perpetuar en el poder a los gobiernos de este tipo. Ya lo señaló hace dos siglos el filósofo y economista escocés David Hume: “En la base de la mayoría de los razonamientos equivocados está precisamente la muy humana inclinación por la simplicidad”. Y es, ni más ni menos, ésta tendencia del hombre la que los populismos explotan perversamente.
Fuente: www.clarin.com