Por Jorge Ballario
Las corporaciones procuran poner a las personas en el lugar del adicto: las tratan de un modo impersonal, sabiendo que no tienen más remedio que hacer lo que ellos pretenden. Eso pasa porque la gente sufre de una dependencia patológica hacia los objetos producidos por las empresas. Estos se transforman para muchos en algo imprescindible, vital.
Un buen smartphone, un televisor de plasma o una moderna tablet son una pequeña muestra de hasta qué punto algunos objetos de consumo popular se han masificado y son capaces de fascinar a sus usuarios debido a la perfección, a la utilidad y a la sobrevaloración con la que han sido investidos. Todo este andamiaje consumista procuraría llenar el vacío que abruma al hombre occidental. Le acercan un mundo ilusorio, apuntalándole precariamente la autoestima. Digo “precariamente”, porque de ese modo el afectado continuará demandando lo que anestesia su malestar. Constantes dosis de consumo le mantienen la autoestima en un equilibrio delicado, pero a salvo del catastrófico derrumbe.
Las multinacionales, mediante sus fenomenales campañas publicitarias, logran que los individuos permanezcan atados a los condicionamientos publicitarios-culturales —y de todo tipo— que producen. Entonces, casi todos somos, en mayor o menor grado, dependientes. Dependemos de muchas de las pavadas que inventan estos tipos. Son nuestra droga.
Podríamos visualizar a las redes sociales como un gran océano virtual, en donde millares de internautas, como náufragos solitarios, arrojan sus botellas al mar. Pero, ¿qué ocurre si todo el mundo tira una botella al mar? Se neutralizarían todas entre sí: serían tantas que no llamarían la atención como mensajes… aunque sí como basura que habría que limpiar para descontaminar las aguas.
Fuente:
La Capital