Clarín — 05/02/18
Por Jorge Ballario
Antes, la sociedad tradicional capitalista estaba ansiosa por vender sus productos. Incluso hoy, las pequeñas y medianas empresas siguen estándolo: luchan, pelean los precios, personalizan al cliente… Tienen que venderle: necesitan vender. Sienten que el cliente, al elegirlos, les hace un favor. En cambio, los tecnócratas y los altos ejecutivos de las multinacionales han llegado a pensar que nosotros tenemos la obligación de comprarles. Ni siquiera se les cruza por la cabeza otra opción.
Un buen smartphone, un televisor de plasma o una moderna tablet son una pequeña muestra de hasta qué punto algunos objetos de consumo popular se han masificado y son capaces de fascinar a sus usuarios. Los consumidores nos ubicamos en mayor o menor grado en el lugar del adicto, y ellos, en la posición de quienes le brindan la droga. Ese es uno de los dramas de esta época, y está vinculado al malestar y a las epidemias de enfermedades, disfunciones y dolores de todo tipo.
Los modernos señores feudales ya no usan su poder de modo despótico. Parece más bien que estuviesen sentados sobre los textos de Freud, aplicando con gran maestría sus enseñanzas. Pero hay un par de salvedades: en primer lugar, no usan las ideas de Freud para liberar a las almas sufrientes, sino para dominarlas; en segundo lugar, no lo hacen de un modo personalizado. Por el contrario, buscan sus efectos a escala planetaria. Y para ello cuentan con los recursos económicos, mediáticos y técnicos más extraordinarios de la historia, y con el beneplácito de la mayor parte de la clase política de nuestra Aldea Global. Es decir: casi todo el poder existente en nuestro querido planeta está puesto al servicio de estos verdaderos niños mimados del sistema. ¿Qué tal…?
fuente: www.pressreader.com