Por Jorge Ballario
Vivimos una época signada por el vértigo y el apuro. Constantemente surgen adolescentes y jóvenes que orillan y desafían al peligro, buscando inconscientemente esos límites internos que los contengan y que no poseen. Se inmiscuyen en un vértigo real producto de la velocidad, o un vértigo imaginario obtenido a través de drogas.
Los límites son estructurantes, lo hacen sentir a uno contenido, protegido, lo aislan de los peligros; son como frenos mentales que se accionan automáticamente y le evitan al sujeto riesgos innecesarios.
La instauración de los límites mentales está relacionada con “el aspecto prohibidor y corrector” del rol paterno. Aunque también puede ser la madre la que se ocupe. Esos límites, una vez internalizados, son capaces de contener, tranquilizar, ordenar, señalar, determinar y delimitar la conducta humana.
Muchos adolescentes por carecer de dichos límites suelen “chocar” con los límites que la realidad impone: la policía, las enfermedades, las adicciones y especialmente los accidentes, que desgraciadamente, en ocasiones suelen ser irreparables.
El exceso de competitividad laboral y el aumento de separaciones conyugales, entre otras causas, contribuyen a que se produzca cierta competencia entre los padres por el amor de los hijos. Entonces el trato se tiñe más de compañerismo que de autoridad y respeto. También, padres que para parecerse a sus hijos adolescentes —generalmente por cuestiones culturales— se transforman en compinches de éstos, en vez de continuar ocupando el lugar de padres.
Los límites mentales, generan la posibilidad de sobrepasarlos a través de la inspiración, la creatividad o la sublimación. En suma, mediante actividades metafóricas y simbólicas.