Por Jorge Ballario
Básicamente, la inteligencia sirve para funcionar bien en la vida: adaptarse, prever, aprender y resolver problemas. Es una herramienta evolutiva destinada a aumentar la probabilidad de supervivencia y bienestar. También puede entenderse como un conjunto de múltiples habilidades coordinadas, y no como una capacidad unitaria.
Siempre se dijo que Cristina poseía una inteligencia superlativa; que era brillante, una extraordinaria oradora y una estratega excepcional, entre otros elogios. Por supuesto, quienes más difundieron estas ideas fueron los kirchneristas. Incluso un conocido filósofo K —ya fallecido— llegó a afirmar que las críticas y el odio hacia Cristina se debían a la envidia que despertaba su brillantez. ¿Será tan inteligente? Veamos qué hizo y adónde la condujo esa supuesta lucidez.
Convirtió al Estado en un banco privado para ella y los amigos del poder.
Dejó la economía del país en ruinas.
Logró que el peronismo descendiera a los infiernos de Dante.
Ella y casi todos los políticos kirchneristas ocupan los primeros lugares en las encuestas de imagen negativa.
Se transformó en la primera expresidenta condenada y detenida por corrupción mediante sentencia firme —seis años de prisión— y enfrenta, además, otro juicio que podría sumarle diez años más.
Sin embargo, la “arquitecta egipcia” de alguna vida anterior, y reina del relato y de la actuación en la actual, continúa danzando —o quizá temblando— en un melancólico balcón, insistiendo en el desgastado pretexto de que es víctima de una maniobra mediática y judicial.
Si la inteligencia, como vimos, cumple principalmente una función adaptativa, podríamos concluir que Cristina, a juzgar por los resultados, exhibe una forma bastante peculiar de adaptación.