La Capital — 09/06/16
Por Jorge Ballario
¿Qué ocurre cuando se excita a un animal? ¿A un perro, por ejemplo? Cuando alguien lo azuza gradualmente con suaves y rítmicos toques, acompañados de sonidos o palabras cortas pronunciadas con tono desafiante, y cerca de sus oídos, el animal se va cargando de excitación. Si luego de un rato se lo suelta con un sonido guerrero, como “¡Chumba!” —o algo por el estilo—, el can seguramente saldrá impulsado con mucha fuerza, para descargar toda esa excitación.
Algo similar ocurre con el ser humano occidental: de a poquito, mediante toda clase de estimulaciones simbólicas, y sensoriales, concretas o subliminales, se lo va cargando. Luego de un determinado punto de excitación, procura descargar la energía pulsional excesiva. Por supuesto que el afectado pocas veces tiene en claro lo que le sucede. La descarga puede ser en forma de ataques de pánico, sintomatologías corporales, violencia, ansiedad o simple hiperactividad. En ocasiones, puede tomar un carril trágico. Una muestra de este desvío lo constituyen esos hombres violentos que agreden ferozmente a terceros, o quienes suelen atacar a sus parejas, algunos hasta matarlas. La causa de estas conductas no es solo una cuestión excitatoria, aunque en ocasiones esa agitación muy bien puede convertirse en la gota que hace rebalsar el vaso.
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