Hay que tomarse un instante para maravillarnos

(Clarín) 22/05/23

Por Jorge Ballario

Los terrícolas nos enfrascamos demasiado con los avatares de nuestro mundo. Tal vez no sea mala idea cada tanto liberarnos del “ruido” cotidiano de nuestro insignificante alberque y maravillarnos de la majestuosidad del cosmos.
Introduzcámonos. El año luz es una medida utilizada para dimensionar las asombrosas distancias estelares.

Equivale al trayecto que recorre la luz en un año viajando a la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo. Por ejemplo, el sol se halla a sólo unos ocho minutos luz de nuestro planeta; y la Luna, se ubica a un segundo y fracción luz. Nuestra galaxia mide 105.000 años luz; el universo 93.000 millones de años luz, y su edad es de 13.770 millones de años. Como vemos estas distancias contrastan increíblemente con las de nuestros “vecinos” (el sol y la luna).

Imaginemos que realizamos un viaje a la Luna, a la fantástica velocidad de la luz. Esa vertiginosa experiencia duraría apenas un segundo y fracción, dado que se halla a 384.000 km de la Tierra. Ese recorrido equivale a casi diez giros alrededor de nuestro planeta en igual tiempo. Un avión tardaría 17 días en completarlo. Ahora ya estamos instalados en nuestra nave espacial listos para emprender esa corta pero intensa aventura. Nuestro objetivo es diminuto en el cielo. De pronto, se producen el estremecedor despegue y la brusca aceleración; en doce décimas de segundo, vemos cómo nuestro destino cósmico se acerca y agranda: esa pequeña esfera blanquecina, por todos conocida, ocupa la totalidad de nuestro campo visual. Desde el avistamiento de aquel pequeño disco inicial, hasta que casi nos posamos en él, para contemplar su áspera geografía y su envolvente horizonte, transcurrió tan sólo un estremecedor instante.

Redimensionar nuestra verdadera ubicación en el tiempo y en el universo puede contribuir a hacernos seres más espirituales.

 

Fuente:

Clarín

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