Por Jorge Ballario
Frente a la inminente escasez de recursos y el agravamiento de la contaminación global, urge abandonar el viejo paradigma centrado en la eficiencia del capital y del trabajo, y adoptar uno nuevo: el de la productividad de los recursos. Para avanzar, será necesario crear organismos supranacionales que controlen el uso de los recursos naturales y evalúen el impacto ambiental de cada sector empresarial.
Es evidente: si las empresas ignoran el medioambiente, producen más barato, pero con cargo al ecosistema. A eso se suma la nociva práctica de la “obsolescencia programada”, común en muchas industrias. Consiste en fabricar productos con una vida útil reducida o diseñarlos para que queden rápidamente desactualizados, ya sea por desgaste deliberado o por presión simbólica. En este último caso, la publicidad impone modas y otorga estatus a lo nuevo, desplazando lo que aún funciona.
Esta lógica de reemplazo responde a un mundo que ya no existe, donde los recursos parecían infinitos y nadie hablaba de sustentabilidad. Desde una perspectiva ecológica, forzar la renovación constante de bienes aún funcionales es un sinsentido productivo.
Hemos naturalizado prácticas nocivas para el planeta y las aceptamos como normales para sostener nuestras delirantes rutinas de consumo. Como adictos, buscamos en los objetos lo que nos falta por dentro. Solo cuando logremos identificar ese vacío que alimenta el impulso de consumir, podremos empezar a cambiar. Hasta entonces, seguiremos siendo prisioneros de un modelo que nos empuja a devorar el mundo sin pensar en el mañana.