Clarín — 22/08/17
Por Jorge Ballario
Tanto el violador sexual como el político populista se convierten, en ocasiones, en asesinos, al intentar obtener impunidad. ¿Por qué? Porque, al darle rienda suelta a su excitación —sexual, en el primer caso, y demagógica, en el segundo— se introducen en el camino sin retorno de la transgresión de la ley.
Tomemos el caso del violador que, además de cometer su delito inicial, asesina a su víctima para asegurarse la impunidad: de este modo —puede pensar él—, quizás tenga más chance de que no lo agarren. Pero, si cae preso, probablemente tendrá que estar el resto de su vida en la cárcel, por el peso que tiene el homicidio como circunstancia agravante de su delito inicial —sin ir más lejos, véase el artículo 124 del Código Penal—.
En el caso del político populista, la cosa es más solapada: al iniciar su camino demagógico, empieza a construir de a poco un “castillo en la arena”, es decir, algo que económica y políticamente se va tornando inviable. El proyecto, aunque al principio pueda parecer sostenible, con el tiempo comienza a resquebrajarse, como ocurriría con la economía de una familia que gastara persistentemente más que la suma de sus ingresos.
Luego, en su ocaso, el demagogo en general procura perpetuarse en el poder a cualquier precio, para evitar enfrentar las consecuencias de su mala praxis. De esa manera, cada vez se ve más obligado a incursionar en la ilegalidad, hasta que —al igual que el violador que ha agravado su delito con el asesinato— procura por todos los medios hacer desaparecer las evidencias de sus delitos. Así, cada vez se hunde más en la ilegalidad y —por lo tanto— en la antipatía generalizada de su pueblo.
Después de todo, el demagogo también viola y mata: viola la buena fe del pueblo que lo votó, y mata su ilusión. Pero lo más grave reside en que muchas veces también mata de verdad. Indirectamente, mediante las consecuencias de la mala praxis y la corrupción —por ejemplo, la tragedia del tren de Once con más de cincuenta muertos—, y directamente, con la represión a los opositores, como en el decadente modelo chavista que lidera Maduro.
Carta enviada a Clarín