La Capital — 11/04/17
Por Jorge Ballario
Los cambios estructurales en un país —esos cambios que, sean económicos, sociales o culturales, resultan capaces de gestar soluciones genuinas y sustentables— son lentos: a veces, llevan años; incluso décadas o generaciones. Los políticos que plantean cambios rápidos e indoloros —es decir, mágicos— en realidad solo buscan agradarle al pueblo, aparentando defender sus intereses.
Estos gobernantes suelen denominarse “populistas” o “demagogos”, y, en el futuro, cosechan el desencanto y la decadencia de sus votantes. En cambio, el mandatario que busca de verdad cambios profundos es un estadista. Winston Churchill lo define así: “el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones, y no en las próximas elecciones”. Esta clase de gobernantes tiene que estar dispuesta a esperar, a enfrentar una cierta impopularidad presente, a cambio de un encomiable reconocimiento futuro. Pero el problema es que estos dirigentes se hallan casi en extinción, debido a la cultura de la imagen, de la inmadurez crónica y de la ansiedad generalizada. Cada vez son más quienes —de la mano de la vorágine tecno-cultural de la época— pretenden soluciones inmediatas, como las aplicaciones de los celulares, el “compre ya” o la “satisfacción garantizada”. En consecuencia, son menos los mandatarios que, para no perder imagen o votos, están dispuestos a decirles la verdad a sus votantes.
Fuente: www.lacapital.com