Por Jorge Ballario
Numerosas personas llegan hoy a los consultorios psicológicos con un síntoma en común: se sienten frustradas, confundidas o angustiadas por su incapacidad para disfrutar. ¡Claro! Como suele decirse, han puesto el carro delante de los caballos. En términos generales, estas personas se sienten obligadas a adoptar un tipo de disfrute cultural que, en lo más profundo de su ser, no comparten. Sin embargo, carecen de la consciencia o la fortaleza psíquica necesarias para rebelarse y recuperar el placer genuino. En esa lucha infructuosa, pierden la autoestima y se vuelven aún más dependientes de la despiadada maquinaria de homogeneización cultural. De ahí surge el creciente malestar.
Además, ya no importa tanto disfrutar de manera auténtica, sino aparentar ese disfrute, basado en la supuesta “objetividad” de los consumos exhibidos.
La solución está en jerarquizar nuestro mundo interno y ser fieles a nuestros verdaderos gustos e inclinaciones. La autenticidad siempre es más sencilla de transmitir que las imposturas aprendidas. Cuando alguien logra alinear su discurso con lo que siente y lo expresa sin temor, emerge la verdad, y el goce genuino se vuelve palpable. Este deleite, precisamente, es el más poderoso y persuasivo de todos, y aquel que los especuladores jamás podrán alcanzar.