Por Jorge Ballario
El dilema del “no hay plata” presenta un trasfondo tanto simbólico como palpable. Los gobernadores, intendentes y otros actores políticos están acostumbrados a recibir fondos sin cuestionar su autenticidad, sin distinguir entre el dinero genuino y aquel emitido sin respaldo, lo cual alimenta la inflación, aumentando así la pobreza y provocando una decadencia continua. La emisión descontrolada de dinero es una ilusión pasajera que conlleva consecuencias desfavorables a largo plazo.
Es fundamental que aquellos que demandan recursos económicos aprendan a ser ingeniosos, no solo en sus solicitudes, sino también en la reducción de gastos y el aumento de la recaudación, impulsando así la producción. Deben fomentar la imaginación y buscar soluciones innovadoras. La expresión “no hay plata” es sencilla de comprender y es familiar para muchos, quienes han aprendido a adaptarse a la situación.
Sin embargo, muchos líderes políticos se resisten a aceptar esta realidad, como niños caprichosos que persisten en sus demandas, ignorando las consecuencias futuras. El “no hay plata” también busca reeducar a aquellos arraigados en una cultura de demanda constante y capricho desmedido. Es hora de cambiar esta mentalidad y adoptar un enfoque más responsable y sostenible hacia la gestión de recursos financieros, y por ende, hacia el futuro del país.