Del amor al odio, sobre la cuerda floja

Página 12   26/12/19

Las pulsiones y sus cambios de signo en la vida social

Un tsunami de estímulos en la aldea global empuja y desvía el hacer y el sentir de los individuos desde la pulsión de vida a la pulsión de muerte.

Por Jorge Ballario

En psicoanálisis, la pulsión designa un tipo de impulso psíquico característico de los sujetos humanos. Su fuente es una excitación corporal, y su fin es suprimir, o reducir, ese estado de tensión. La pulsión consuma dicho fin mediante un objeto, que no es uno preciso, ni está predeterminado biológicamente, como en el caso de los instintos de los animales. Ese objeto puede ser una situación, una persona, un ser viviente o alguna cosa.
Sigmund Freud clasificó las pulsiones en dos grupos: las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte. Las primeras comprenden las pulsiones sexuales y de autoconservación. En cambio, las pulsiones de muerte impulsan inconscientemente a los seres humanos a retornar al estado inorgánico, o inerte, previo a la vida. Ya que la reducción completa de las tensiones es lo que ocurre al morir.​ Las pulsiones de muerte incluyen las pulsiones agresivas y destructivas, tanto si se dirigen a la propia persona, como las dirigidas hacia el exterior.

Para poder visualizar cómo operan las pulsiones en un ejemplo individual, imaginemos un relojero que ama su trabajo y que por eso lo realiza muy bien, y armoniosamente. Componer relojes es un oficio fino y delicado, en donde se manipula una infinidad de pequeñísimas piezas, algunas imperceptibles a simple vista. Además, se deben dominar a la perfección los mecanismos. Indudablemente que la actividad requiere la paciencia de un santo o de un filósofo. La única manera de realizar bien una labor así es entregándose en cuerpo y alma a la pulsión de vida.

Ahora supongamos que a nuestro hombre, poco a poco, su jefe le va a agregando más responsabilidades, y más trabajo, y cada vez más exigencias. En esas condiciones el relojero se comenzaría a impacientar, y le iría disminuyendo la armonía entre su mente y sus manos. Estas, poco a poco, perderían la sintonía fina y comenzarían gradualmente a temblequear. Un claro signo de la calma perdida y de cómo la pulsión de muerte se iría apoderando del otrora apacible relojero. Circularidad siniestra que lo conduce progresivamente a la impotencia y al malestar. Como acabamos de ver, alguien que en el marco de la pulsión de vida funciona de modo tolerante, amoroso y positivo, en otras circunstancias, y a merced de su pulsión de muerte, pasaría al otro extremo. Entonces, quedaría en una profunda desarmonía y se comportaría de manera destructiva, odiosa y negativa.

En esta era de la exageración, en nuestra aldea global, una creciente proporción de las personas, al igual que el relojero del ejemplo, vive incitada y excitada por el océano de estímulos más fantástico que el hombre haya creado. Cada uno de ellos, tomado por separado, es inocuo, pero el conjunto resulta abrumador.

A través de los medios de comunicación, como así también de las redes sociales, el consumismo, lo cultural y lo político alistan filas en esa dirección. Nos invaden a diario desde todos los rincones de nuestras vidas y así logran enajenar a una progresiva porción de individuos, provocando un cambio en el signo pulsional que los impulsa. De esa manera, la pulsión de vida estaría cediendo su lugar a su contraria y las conductas irascibles y destructivas ganarían terreno en la vida social.

Entonces, los afectados, desbordados por sus pulsiones, se angustian o están más proclives a enfermar, pero también salen a la calle a protestar. Ese es el punto que estamos peligrosamente bordeando, al igual que si circundásemos el horizonte de sucesos de un agujero negro que se apresta a engullirnos.

El odio y la agresión hoy se pueden expresar sin tapujos y multiplicarse velozmente entre millones de personas de ideas parecidas a través de las redes sociales.

 

 

Fuente
pagina12.com.ar
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