De aprendizaje y entrenamiento

Por Jorge Ballario

Cuales son los límites de la inteligencia artificial

El aprendizaje humano es un proceso amplio y profundo que implica razonar, integrar conocimientos y alcanzar comprensión. Esta comprensión permite aplicar lo aprendido en contextos diversos. En cambio, el entrenamiento es más estructurado y dirigido: busca incorporar habilidades específicas mediante repeticiones, con un objetivo definido. Es práctico y no siempre requiere comprender lo que se ejecuta.

En el caso del entrenamiento de un modelo de Inteligencia Artificial (IA), el procedimiento consiste en exponerlo a grandes volúmenes de datos, permitiendo que ajuste sus parámetros internos para “aprender” —metafóricamente hablando— patrones de respuesta.

Cuando la IA “piensa”, en realidad procesa información siguiendo esquemas preestablecidos o adquiridos, pero sin comprensión genuina ni emociones reales. Estas solo pueden ser simuladas. Al entrenarse con millones de textos humanos, los modelos de IA reproducen —de modo probabilístico— rasgos del pensamiento humano, generando respuestas basadas en patrones lingüísticos internalizados.

También los seres humanos entrenamos conductas. Desde que nacemos, y a lo largo de la vida, nos adaptamos —en gran parte espontáneamente— a través de rutinas, hábitos y experiencias. Este “entrenamiento humano” se nutre de la vivencia, de forma intuitiva, empática e identitaria. Nos adecuamos a diferentes entornos: la escuela, los vínculos sociales, el trabajo y buena parte del repertorio cultural.

La inteligencia humana se desarrolla mediante el aprendizaje, la experiencia, el estudio y, por supuesto, también el entrenamiento. Incluso compartimos con la IA cierta capacidad para detectar patrones. La diferencia es que, mientras la IA se alimenta de datos e instrucciones para imitar el pensamiento humano —con sus aspectos racionales, emocionales y culturales—, nosotros integramos esos patrones a través de vivencias cargadas de significado.

En lo que respecta a la consciencia, la máquina carece absolutamente de ella. El ser humano, por su parte —como se explorará en este ensayo—, posee un grado de consciencia menor al que suele atribuirse. En la vida cotidiana operamos en gran medida de forma automática. Por ejemplo, de niños aprendemos a saludar, y con el tiempo y la práctica logramos hacerlo con naturalidad, de distintas maneras: inclinarnos, dar la mano, abrazar, besar o incluso usar el saludo con ironía, según el contexto.

La repetición del entrenamiento otorga fluidez a lo aprendido. Muchas de nuestras acciones diarias provienen de hábitos acríticos, sin que nos preguntemos por qué las realizamos. Metafóricamente, en este punto, nos asemejamos a la IA: el entrenamiento es un denominador común.

Un ejemplo ilustrativo de cómo operamos con escasa o falsa consciencia es la llamada Amnesia Infantil, fenómeno por el cual no recordamos experiencias autobiográficas de los primeros tres o cuatro años de vida. Durante ese periodo, el cerebro está aún en formación, y la información se interioriza sin análisis crítico, quedando arraigada en la estructura psíquica profunda. Estas vivencias tempranas actúan como patrones conductuales persistentes que pueden moldear normas culturales, roles de género o actitudes frente a la autoridad, entre otros.

En síntesis, la Amnesia Infantil muestra cómo se incorpora información de manera acrítica en ausencia de herramientas cognitivas para evaluar lo percibido. Así, se produce una interiorización duradera de los aspectos más básicos del entorno.

Ya en el terreno del pensamiento complejo, podemos imaginar al intelectual que se entrena —figurativamente— entre ideas y conceptos. Algunas representaciones mentales entran en conflicto y se descartan; otras se integran, se reformulan o se transforman según nuevas perspectivas. Con el tiempo, la experiencia, la reflexión y los debates configuran un saber singular y sofisticado.

Cabe señalar que, mientras hablamos, producimos palabras a una velocidad que supera ampliamente lo que podemos procesar con plena consciencia. Por eso, la analogía con la IA cobra aquí mayor sentido.

Así, cuando un erudito dialoga con sus pares, puede tener clara consciencia conceptual sobre lo que desea expresar. Pero, en plena disertación, su lenguaje dependerá más del entrenamiento y la experiencia que de la elección deliberada de cada palabra. Es ese entrenamiento intelectual el que le permite articular con lucidez sus pensamientos, haciendo que emerjan casi automáticamente las palabras —o sus equivalentes— que mejor los representan.

Como se ha visto, el entrenamiento no solo moldea nuestro comportamiento cotidiano y emocional, sino que también se manifiesta con fuerza en el nivel más elevado del pensamiento.

 

 

Fuente:
pagina12.com.ar
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