La Capital — 30/03/16
Por Jorge Ballario
El capitalismo global, en la versión ultraconsumista y neoliberal que predomina en la actualidad, no es inocente con respecto a los populismos. Los promueve en forma indirecta, al instalar masivamente en la cultura ciertas premisas mercantiles que fomentan la inmadurez, como “el compre ya” o “la satisfacción inmediata y garantizada”.
También lo alienta con la astronómica y crónica inequitatividad en la distribución del ingreso, y suma a la vorágine cultural el constante bombardeo de ofertas, mensajes e informaciones de todo tipo. Todo eso predispone a la dispersión y a la superficialidad del pensamiento. Es decir que surgen personas que se manejan sólo con eslóganes o prejuicios, y que, como tienen demasiado para recordar, olvidan rápidamente muchas cosas. Por lo tanto, no tiene presente los lamentables desenlaces que —dentro o fuera de sus países— experimentaron los populismos anteriores. Entonces, aparecen predicadores demagógicos, que aprovechan ese confundido y fértil segmento del mercado —
porque, como es sabido, “a río revuelto, ganancia de pescadores”— y ofertan lo que la gente afectada quiere escuchar. De ahí a que se instale un régimen populista hay un corto trecho. Constituye una gran ironía que el capitalismo —que se hace fuerte justamente usufructuando las tendencias humanas— termine quedando, por causa del populismo, a merced ellas. Me parece que más que una enfermedad de la democracia, este régimen es una enfermedad del capitalismo actual. En conclusión, al malestar que genera en las personas el exceso de competitividad neoliberal le debemos sumar el peligro que representan los populismos, y la depredación y contaminación ambiental. Por consiguiente, se hace bastante evidente la necesidad de regular al capitalismo para evitar todos esos males.
Fuente: www.lacapital.com.ar