Por Jorge Ballario
Las variables que contribuyen a la longevidad humana en las llamadas Zonas azules forman parte del estilo de vida de sus habitantes. Pero ¿qué ocurre cuando ese saber, natural y cultural, se intenta extrapolar a nuestras sociedades?
En Occidente, la cultura de la salud suele promover una hiperconciencia del riesgo y una creciente medicalización preventiva. Industrias enteras giran en torno al “cuidarse”, aunque la autoexigencia y la culpa por no cumplir suelen generar estrés sostenido, uno de los principales enemigos de la longevidad.
En las Zonas azules, en cambio, vivir más parece ser una consecuencia y no un objetivo. Por ejemplo, casi no hay gimnasios: la actividad física es moderada y cotidiana —caminar, cultivar, subir cuestas— y no una compensación artificial del sedentarismo. La alimentación tampoco es una obsesión: es simple, poco procesada y profundamente social. Paradójicamente, aunque sabemos más sobre nutrición, comemos peor y con mayor conflicto psicológico.
A esto se suma que los mayores conservan un lugar y una función dentro de la comunidad, mientras que en nuestras sociedades el aislamiento y la pérdida de sentido se han vuelto riesgos frecuentes.
Un estudio longitudinal realizado en Finlandia con ejecutivos de alto nivel reforzó esta idea: quienes vivían con menor obsesión preventiva y declaraban sentirse bien tendían a vivir más y mejor que aquellos excesivamente disciplinados. El estrés crónico parecía pesar más que algunos factores de riesgo clásicos.
Desde esta perspectiva, la espiritualidad —entendida como profundidad de pensamiento— permite relativizar certezas, buscar sentido y desarrollar una sabiduría práctica capaz de orientarnos en un mundo saturado de estímulos que empujan hacia la superficialidad y la homogeneización cultural.
Fuente: www.clarin.com